domingo, mayo 17, 2026

“El valor de la identidad”

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Por: Tomás Urpianello Uncal

Todo niño al que le guste el futbol es un futbolista, porque lo siente así; aún cuando no haya experimentado un entrenamiento, lejos de entender la más sencilla de las tácticas, todavía incapaz de controlar una pelota a la que perseguirá por una cancha que no tiene forma y que tampoco tiene límites; nuestro pequeño Messi en potencia lo tiene claro, va a ser el próximo goleador de la selección.
Esta concepción de si mismo lo impulsa a jugar, y lo lleva también a practicar una y mil veces ese jueguito anatómicamente antinatural que consiste en levantar con el pie una esfera en el aire y hacerla bailar y que, en realidad, es más difícil que el acorde de Fa en el traste de esa guitarra que muy pocos aprenden a tocar.
Pero eso es lo que hace un futbolista y la dificultad no es tanto un problema cuando el problema principal lo ha resuelto ya, la cuestión de su identidad.
Años de cursos y exámenes, cuantiosas y sofisticadas herramientas transmitidas por decenas de docentes, de poco sirven para una persona que no ha definido aún su identidad.
Más allá de la calidad educativa que tenga o supieran tener las escuelas técnicas, cuando un adolescente entra en ellas, adquiere una identidad, quizá termine con menos idea que cuando empezó de cómo funciona un disyuntor, pero cuando termine su formación, o antes aún, entenderá que existe un lugar en el que se puede empezar a construir como profesional, sea donde sea que la vida lo lleve después.
Lo mismo ocurre en la universidad, antes de recibir su primera lección, los estudiantes adquieren una identidad que se relaciona con una profesión y con la idea que cada uno tenga de lo que significa dicha actividad. Los años de estudio son años en los que se construyen a la par el profesional, con sus herramientas y sus saberes adquiridos, y la identidad, aquello que lo impulsa a uno a focalizarse en lo que trata de alcanzar.
Quizá el mayor logro de instituciones como Oxford o Harvard, no sea la valiosísima herencia de conocimientos que transmiten sus maestros, sino la identidad que transfiere a sus estudiantes por el solo hecho de pertenecer.
Cuando pienso en las escuelas secundarias de orientaciones no tan específicas, me pregunto qué clase de identidad transfiere a sus estudiantes, porque, en este aspecto, parecieran meros tránsitos a estudios terciarios, o en el peor de los casos, a una vida laboral en la que tendrán que pensar desde cero recién han finalizado sus estudios secundarios.
Y si la secundaria no otorga identidad laboral alguna que ofrezca algún tipo de confianza a nuestros jóvenes de valerse y ofrecer algo de sí mismos, ¿Qué clase de identidad se está formando? Solo salgan a festejar el día de la primavera y vean para lo que se han preparado; no dejen de observar la vulnerabilidad de quién se sabe inútil a pesar de tanto trabajo y no se olviden de despreciar su aspecto antinaturalmente aniñado, para entender mejor su verdadero estado.
Por otro lado, quisiera saber que significa para ustedes ser un mercedino, es decir, ser un ciudadano.

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